No hay tiempo para aburrirse
Opinión
5 minutos

No hay tiempo para aburrirse

Olmo García

CEO de Bold
Vivimos obsesionados con la estimulación constante. Y mientras tanto, la creatividad se muere de hambre.

Antes de que cierres esta pestaña para abrir otra, antes de que el reflejo condicionado de tu pulgar te lleve al siguiente scroll, quiero pedirte algo difícil: que te quedes aquí un momento y que, por favor, te aburras un poco conmigo.

No es una metáfora. Es una propuesta seria. Radical, incluso, en este contexto.

La incomodidad que hemos desterrado

Hay una sensación que las personas menores de treinta años conocen cada vez menos: la de no tener nada que hacer. Nada que ver. Nada con lo que distraerse. Esa tarde larga de domingo sin planes, sin pantalla, sin ruido. Eso que antes llamábamos simplemente «aburrimiento» y que hoy tratamos como una enfermedad que hay que curar de inmediato.

El problema es que al eliminar el aburrimiento de nuestras vidas no hemos ganado más tiempo productivo ni más alegría. Hemos perdido algo mucho más valioso: el espacio interior donde nacen las ideas propias.

La mente aburrida no está vacía. Está, por primera vez en el día, libre para escucharse a sí misma.

Dos niños en un bordillo

Permíteme un momento de nostalgia colectiva. En el primer episodio de Verano Azul —la serie de Antonio Mercero que marcó a generaciones enteras— hay una escena pequeña, casi sin importancia aparente, que lo contiene todo.

Dos niños sentados en el bordillo de una acera. No hacen nada. No tienen adónde ir. El verano se extiende ante ellos como un territorio sin mapa y sin instrucciones.

Entonces pasa Julia corriendo por la calle. Y porque no tienen nada mejor que hacer —porque están, en el más puro sentido de la palabra, aburridos— deciden seguirla.

Esa mujer resulta ser el detonante de todo lo que viene después: el grupo, las aventuras, el verano que ninguno de ellos olvidará jamás. Chanquete, el velero, los días en el mar. Una infancia entera.

Ahora hagamos el experimento mental que a todos nos incomoda: ¿qué habría pasado si esos dos niños hubiesen tenido un teléfono en el bolsillo?

Nada. No habría pasado absolutamente nada. Habrían bajado la cabeza, habrían deslizado el pulgar, y Julia habría pasado de largo. Sin grupo. Sin verano. Sin historia.

Lo que dice la neurociencia (y lo que no nos gusta escuchar)

Cuando te aburres, el cerebro no se apaga. Todo lo contrario: activa lo que los investigadores llaman la red neuronal por defecto —el modo en que tu mente divaga, conecta ideas aparentemente inconexas, imagina escenarios, reformula problemas. Es, literalmente, el estado en el que más se parece al pensamiento creativo.

Manoush Zomorodi documentó cómo personas que voluntariamente renunciaban a sus teléfonos durante días reportaban no solo mayor ansiedad inicial, sino también una avalancha posterior de ideas, proyectos y soluciones a problemas que llevaban meses bloqueados. El aburrimiento no fue el problema. Fue la cura.

Y sin embargo seguimos tratándolo como un fracaso personal. Como si no saber qué hacer con uno mismo fuera una señal de que algo va mal.

El sistema educativo y la gran ironía

Aquí viene la parte que más debería incomodarnos: vivimos en un momento histórico en que la educación habla más que nunca de creatividad —la mencionamos en currículos, en competencias clave, en conferencias TED— y a la vez hemos construido entornos donde la creatividad es estructuralmente imposible.

Los niños pasan el día gestionando estímulos: clase, actividad extraescolar, pantalla, deberes, más pantalla. No hay grietas. No hay tiempo muerto. No hay bordillo en el que sentarse sin saber qué va a pasar. Y entonces nos sorprendemos de que, cuando les pedimos que «sean creativos», se queden paralizados esperando instrucciones.

Llenar cada minuto de un niño no es enriquecerlo. Es, posiblemente, el mayor obstáculo que podemos ponerle a su imaginación.

Los niños de Verano Azul no tenían agenda. Tenían tiempo. Y ese tiempo —aparentemente vacío, aparentemente inútil— fue el ingrediente sin el cual nada de lo demás habría ocurrido.

La pregunta incómoda

¿Y si el problema no es la falta de creatividad, sino la falta de aburrimiento? ¿Y si lo que creemos que es un déficit de talento es en realidad un déficit de silencio, de bordillo, de tarde sin plan?

No te estoy pidiendo que dejes de ser productivo. Te estoy pidiendo que reconsideres qué significa serlo. Y que, de paso, te preguntes qué Julia podría estar pasando por tu calle mientras tú miras la pantalla.

La próxima vez que sientas ese impulso nervioso de coger el teléfono porque hay un silencio de tres minutos, considera la posibilidad de no hacerlo. No como ejercicio de productividad. Solo para ver qué ocurre cuando te permites estar, por un momento, sin hacer absolutamente nada.

Puede que no pase nada. Puede que te desesperes. Puede que, después de un rato incómodo, tu mente empiece a moverse de una manera que no recordabas que era posible.

O puede que Julia pase corriendo por tu calle.



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